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domingo, 20 de julio de 2014

Superejecutivo vs Superemprendedor

"Yo prefiero fracasar con la plata de otro”, fue la respuesta sincera de un compañero de clase hace algunos años cuando le preguntaron por qué no se arriesgaba a crear empresa. Detrás de esa honesta frase descubrí el temor de los superejecutivos a dos cosas: perder su estatus y empeñar su patrimonio. Estas variables son las que los hacen poco aptos para emprender.

De hecho, uno más se entusiasmó con la posibilidad de montar una gran compañía de distribución pero el impulso le duró un mes, cuando revisó las cifras y se dio cuenta de que el margen sería mínimo y el esfuerzo máximo. “Mi mujer me ahorca donde me llegue a quebrar con esa idea”, justificó en su momento este vicepresidente de una destacada industria láctea nacional.

En cambio, un emprendedor que ganó el Premio Gacela hace unos cuatro años aseguraba que a la gente como él siempre la diferenciaba la fe en que, al tirarse de un barranco, en el camino le iban a salir alas. “Toda la familia ha entendido que cuando se puede se puede, y cuando no, pues no”, afirma él con respecto a las restricciones económicas que ha tenido que sortear en diferentes etapas.

Un presidente, o vicepresidente de gran empresa no tiene este sentido del riesgo, ni siquiera se lo imagina porque está acostumbrado a contar con recursos de sobra para actuar: contrata a los mejores profesionales, tiene recursos de capital para pagar su nómina aún en los peores tiempos, dispone de préstamos bancarios e inyecciones de capital de los socios para invertir en innovaciones y nuevos proyectos.


Es por estos factores que estoy en desacuerdo con aquella tesis de que las grandes, medianas y pequeñas empresas actúan de la misma manera. Esto es totalmente falso, porque el comportamiento de un negocio se enmarca en el estilo de su líder y están muy lejos de ser comparables los Superejecutivos, que se acostumbran a vivir a todo taco, y los Superemprendedores que pueden demorarse hasta 20 años en llegar a tener un nivel de vida respetable.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Tercos o tozudos

Hace unos años tuve la oportunidad de vivir un proceso con un grupo de mentores, que evaluó aspectos clave de mi negocio. Al final de la charla uno de ellos, que insistía en intentar modificar los planes que tenía previstos para el desarrollo de la empresa me miró desafiante y me dijo: “Parece que es usted bastante terca”. El tono era de franca desaprobación y me dejó un tanto lesionado el ego. Pero evaluando en la distancia la experiencia, realmente he entendido que a la mayoría de quienes deciden emprender les tildan de tercos en algún momento de la vida.

Yo prefiero la palabra tozudo, que se define como aquél que no se rinde. ¿Acaso no se requiere ser terco para continuar adelante a pesar de las dificultades, de las decepciones, de las lágrimas y de las piedras que se aparecen en el camino de todo emprendedor? ¿No hay que llevarle la contraria a medio mundo, incluida la familia, para concretar una idea de negocio aunque las ofertas de empleo sean grandes y generosas?

En aquel momento no asumí bien la crítica, pero ahora lo veo como algo constructivo. Ese mentor pudo detectar en mí, en apenas unos minutos, el ingrediente clave para mantenerse firme ante las tormentas. Claro que soy terca, lo he sido y lo seguiré siendo, esa es la gran fuerza que mantiene a mi equipo tranquilo cuando las cosas no salen bien, y la que los orienta cuando se piensa en el futuro.

Claro, no lo digo con la altivez de quien piensa que no se equivoca jamás. Por el contrario, sé que para continuar adelante es necesario escuchar, evaluar, sopesar y tomar decisiones. También estoy consciente de que el cambio es la única manera de sobrevivir y consolidarse.  Pero quien quiera medírsele a la aventura de emprender tiene que evaluar primero su nivel de terquedad, de lo contrario se lo pasará como una veleta, que se voltea de un lado a otro de acuerdo con las circunstancias o las opiniones ajenas.


lunes, 16 de septiembre de 2013

No temas al fracaso

Que lance la primera piedra el que no haya sentido pánico de que otros piensen que fracasó, especialmente sus padres y familiares, en alguna etapa de su vida. Este particular temor les ha impedido a muchos llevar a cabo sus sueños y planes, llevándolos al final de sus vidas a sentir que de verdad fracasaron.

Un reconocido dirigente gremial murió envenenado por la amargura de no haber logrado su sueño de ser músico. En cambio, se convirtió en un admirado ejecutivo que tuvo el mundo a sus pies durante muchos años. Sus amigos dicen que tanta rabia se convirtió en un cáncer que se lo llevó rápidamente. El brillante vocero gremial nunca fue capaz de enfrentar a su familia, de tradicional apellido y rancio abolengo en el Eje Cafetero.

Algo muy similar me ocurrió hace 12 años, cuando decidí convertirme en emprendedora. Tenía un buen empleo, con un salario bastante satisfactorio, un cargo de dirección y tranquilidad en mi vida cotidiana. Cumplía un horario fijo, disfrutaba mis fines de semana, me iba de vacaciones totalmente desconectada de mi trabajo y no me preocupaba pensando de dónde saldría la plata para pagar trabajadores y arriendo. ¡Mi vida era perfecta!

Pero un buen día decidí que esa perfección me tenía incompleta. Le anuncié a mi mamá la noticia y por poco se infarta; durante más de seis meses se dedicó a convencerme de la locura que iba a cometer. Apeló a muchas justificaciones racionales y menos racionales para evitar que yo pasara trabajos. Pero como suele ocurrir cuando tomo una decisión, mi terquedad triunfó. Constituí mi empresa y empecé mi camino.

Muchas piedras se me han atravesado desde entonces. Pero la más difícil de superar ha sido la del temor al Fracaso, ese fantasma insistente que al principio nos desvela y luego se convierte en un aparente inofensivo acompañante. El primer año se aparece cada cierto tiempo, cuando sentimos que vamos por un rumbo equivocado. Con el tiempo creemos dominarlo, incluso lo ignoramos, hasta que una nueva piedra o peñasco cae sobre nuestro camino.

Lo he tenido que ver tantas veces que he logrado entender su raíz en las absurdas exigencias de no quedar mal ante los demás. Con sinceridad, fracasar no sería tan agobiante si lo pudiéramos vivir en la intimidad de nuestra casa, aislados del mundo, encerrados en una cueva a salvo del qué dirán.

Pero como es imposible lograr este beneficio del fracaso a solas, tenemos que trabajar ese temor y convertirlo en un aliado. En economías como la de Estados Unidos un empresario puede fracasar muchas veces y le vale un bledo el qué dirán porque ve esa circunstancia como un aprendizaje. Como le ocurrió a Thomas Alva Edinson cuando alguien le peguntó si no se sentía fracasado tras cerca de 10 mil intentos fallidos por crear la bombilla incandescente. Con la confianza que solía exhibir, el inventor respondió: no he fracasado, solamente he identificado 10 mil formas que no funcionan para llevar a cabo mi invento.


Dejemos el temor al fracaso a un lado, olvidémonos del qué dirán y sigamos adelante con nuestro empeño. Al final, tendremos la satisfacción de haber hecho lo que nos llenaba y no lo que los demás esperaban de nosotros. ¿Acaso no se trata de eso la felicidad?